Anoche perdí mi celular. Muchos podrán decir que no son las
cosas materiales las que importan. Pero no pasa por ahí. Pasa por el esfuerzo
mensual que uno hace para comprarse algo. Pasa por los días y horas de trabajo.
Pasa por haber perdido algo propio, algo lindo, algo que uno eligió con
esfuerzo. Y más indignante aun me parece la gente que no es capaz de
devolverlo. No es tuyo, no sabes el significado del objeto para la persona que
lo perdió. No sabes el sacrificio que tuvo que hacer para obtenerlo. Y eso me
perturba mucho más que la simple pérdida. A nadie le importa nada y el
oportunismo florece en las almas de todos aquellos que no son capaces ni tienen
la habilidad de pensar que hay otras personas en este planeta. ¿Cuándo pasaron
todos a ser tan individualistas? ¿Cuándo quedarse con algo ajeno solo porque
tiene valor o está a la moda es más importante que trabajar para conseguir lo
propio?.
Las pérdidas materiales duelen, duelen en el esfuerzo y en
el sacrificio, e incluso en todas aquellas cosas que uno conserva dentro de ese
aparatito tecnológico, en la intimidad que supone un teléfono. Pero más aún
duelen en el desenmascaramiento de la sociedad y la realidad que nos toca
enfrentar día a día. En esa decadencia humana, pérdida de la solidaridad y
empobrecimiento del alma.
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