-Y todavía lo tengo- protestó él sonriendo.
(...)
-Lo peor del caso-dijo -Helen después de mirarle- es que tienes razón. Hechizas y conmueves, sabe Dios por qué. No es justo. Tú eres un timo, eres un truco y engañas a la gente con tus mentiras.
-¡Por favor!- protestó Anthony
-Nos obligas a darte algo, y tú, en cambio, no ofreces nada.
-Pero tengo la sinceridad de no brindar nada a nadie. Nunca pretendí ofrecer una pasión. Brindo solamente un entretenimiento-
Evocó entonces el inicio de sus relaciones, cuando ella se encontró en el umbral del amor, dispuesta a enamorarse de él. Estaba en el umbral y esperaba que él le dejase franca la entrada. Pero a pesar de su silencio y de su artificiosa amabilidad, ¡con qué determinación tan definitiva había cerrado la puerta Anthony! Él no deseaba ser amado. Durante cierto tiempo Helen quiso rebelarse; pero habia aprendido a desafiar al mundo con sarcástica resignación y terminó por aceptar sus condiciones. Las aceptó porque no tenía otra alternativa, y porque, después de todo, él era un hombre notable y ella le quería profundamente, pues, al menos, sabia satisfacerla en el lecho.
-¡Un entretenimiento!- Y dejó escapar una ronca risita.
(...)
-Lo reconozco-prosiguió ella después de una corta pausa-. Reconozco que eres honrado; pero esto no te exime del cargo de conseguirlo todo sin dar nada a cambio. Si quieres, llámalo timo involuntario. Creo que te vales de tu cara como de un arma. En cierto modo tus facciones inocentes son el antifaz de tu maldad.